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Los directivos de las grandes empresas digitales crían a sus hijos sin pantallas

La tendencia en Sillicon Valley, meca de la tecnología digital, es que los niños de las élites se eduquen en entornos cien por ciento analógicos.   

 

El tiempo excesivo que pasamos frente a todo tipo de pantallas ya se considera como una adicción que es necesario identificar y tratar. Los teléfonos y las televisiones inteligentes, las tabletas y las computadoras son parte de la vida cotidiana de buena parte de la humanidad, desde los bebés hasta los ancianos. En un escenario como este, resulta sorprendente que los directivos de las grandes empresas digitales busquen ofrecer a sus hijos una educación casi por completo analógica.

 

Un reportaje del diario El País describe detalladamente cómo es el entorno educativo de algunos niños en Sillicon Valley (California), la sede de los gigantes tecnológicos como Facebook y Amazon. En este lugar, asegura el periodista Pablo Guimón, “proliferan los colegios sin tabletas ni computadoras” y muchas niñeras tienen prohibido por contrato usar su teléfono móvil mientras cuidan a los niños.

 

Uno de esos colegios es el Waldorf of Peninsula, donde se educan los hijos de directivos de Apple, Google y otras grandes empresas, y cuya colegiatura ronda los 30 mil dólares anuales (casi 600 mil pesos). Mientras muchas escuelas del mundo se esfuerzan por introducir las llamadas TIC en el aula, los alumnos de este centro educativo hiperexclusivo no tienen contacto con ninguna pantalla hasta que llegan a la secundaria.

 

“Lo que detona el aprendizaje es la emoción, y son los humanos los que producen esa emoción, no las máquinas. La creatividad es algo esencialmente humano. Si le pones una pantalla a un niño pequeño limitas sus habilidades motoras, su tendencia a expandirse, su capacidad de concentración”, dice al diario español Pierre Laurent, un ingeniero informático que ha trabajado en Microsoft e Intel, es padre de tres hijos y ahora preside el patronato del colegio.

 

Para el autor del artículo, estas palabras ilustran lo que empieza a ser un consenso entre las élites de Silicon Valley: “Los adultos que mejor comprenden la tecnología de los móviles y las aplicaciones quieren a sus hijos lejos de ella. Los beneficios de las pantallas en la educación temprana son limitados, sostienen, mientras que el riesgo de adicción es alto”.

 

Los propios desarrolladores admiten que las apps se crean con el objetivo de que el usuario se enganche a ellas. Laurent explica que el responsable de esto es el nuevo modelo de negocios, ya que las apps son gratis, pero se recogen datos y se ponen anuncios. “Por eso, el objetivo hoy es que el usuario pase más tiempo en la aplicación, para poder recoger más datos o poner más anuncios. Es decir, la razón de ser de la aplicación es que el usuario pase el mayor tiempo posible ante la pantalla. Están diseñadas para eso”.

 

El artículo señala que, al tratarse de un fenómeno relativamete reciente, aún no existen estudios suficientes para determinar las consecuencias de la interacción con las pantallas desde edades tempranas. Sin embargo, sí existen algunos estudios que ya ofrecen ciertas recomendaciones a los padres. La Academia de Pediatría de Estados Unidos, por ejemplo, aconseja evitar el uso de pantallas para los menores de 18 meses. Otras investigaciones relacionan el uso excesivo de teléfonos en adolescentes con la falta de sueño, el riesgo de depresión y hasta suicidios.

 

Por otro lado, poner límites no es fácil para los padres trabajadores. Según un estudio de la organización Common Sense Media, los adolescentes de hogares con ingresos bajos en Estados Unidos pasan dos horas y 45 minutos al día más ante las pantallas que aquellos de hogares de ingresos altos. Otros estudios indican que los niños blancos están significativamente menos expuestos a las pantallas que los negros o hispanos.

 

“Nosotros animamos a los padres a que sean más proactivos a la hora de buscar el contenido que ven sus hijos”, dice María Álvarez, vicepresidente de dicha organización. “La clave es cómo aprendemos a equilibrar, a sacarle provecho, a limitar el uso y a saber que, por su salud física y mental, tiene que haber momentos en la familia en los que no se use nada. Tenemos una campaña que invita a comer y cenar sin móviles, sin que haya un aparato constantemente interrumpiendo con notificaciones. Recomendamos también el uso compartido de los dispositivos y hablar con los niños sobre lo que ven. Y es importante el modelo que somos para nuestros hijos. Si estamos compulsivamente viendo el móvil, justificando que es por trabajo, ¿qué mensaje les estamos trasladando?”.

 

Lee el reportaje completo en este enlace.

 
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